Oscuro es casi el mediodía

Luis Francisco Pérez

Josep Tornero | Galería La Gran (Madrid).

 

Mientras “viajaba” entre las pinturas de Josep Tornero (Manises, Valencia, 1973) -y el verbo utilizado no tiene nada de espontáneo o azaroso: es justo el que deseaba aplicar-, exhibidas en la actual muestra en la galería madrileña “La Gran”, pensaba en ese inteligente argumento de Clement Greenberg de que toda innovación artística procede siempre mediante la autocrítica formal, como si el creador, dijéramos, se viera “obligado” a pensar su propio trabajo en tanto que realidad simbólica carente, a priori, de cualquier significado trascendental, situación que, paradójicamente, le permite avanzar en el dominio y la ampliación de los múltiples significados que esa previa autocrítica formal (es decir: “no ver” para ver mejor) produce en su propia obra. De ahí que resulte tan apropiado el título de la muestra –“Oscuro es casi el mediodía”-, perteneciente a un poema de Pasolini escrito en la década de los cincuenta, autor muy leído por Josep Tornero, pues en su pasada muestra que tuvo lugar en el Centre del Carme de Valencia el título, también del escritor italiano, poseía igualmente un bello e inquietante “claroscuro”: “La desaparición de las luciérnagas”. Y si ambos rótulos resultan muy sugerentes y apropiados con respecto a la propia obra en la que se inscriben y defienden es porque directamente enlazan con una idea muy estimulante de Pasolini desde sus primeras películas: la salvaguarda o protección de un “cine de la poesía” (el que sin duda a él le interesaba) en oposición a un “cine de la prosa” (alternativa que sin llegar a despreciarla la consideraba muy alejada de sus intereses artísticos y estéticos). Pues bien, llegados a este punto procederemos a comentar esta realidad creativa a partir de la pintura de nuestro artista, que se bien, en falsa apreciación, podríamos situarla en una “pintura de la prosa”, en parte debido a la rota y fragmentada narratividad de la que se nutre, lo que el artista lleva a cabo, bien al contrario, es una inteligente y admirable defensa de la “pintura de la poesía”.

Un gran defensor de los “realismos” en arte como Jean Clair es el primero en afirmar que el término “realismo” no significa nada en sí mismo, pues mucho más importante es realizar y a riesgo de desorientarse, un descentramiento, un deslazamiento tal en el tiempo y en el espacio, en la diacronía y en la historia artística a la vez. En efecto, y si tuviera que definir la pintura de Josep Tornero con una sola frase diría que es un desplazamiento de la realidad en el tiempo y en el espacio. Pero también podría suscribir que esa realidad, que no “realismo”, es la demostración creativa de una existencia que finalmente resulta impenetrable por muy “reconocible” que sea, irreductible a nada que no obedezca a una dimensión poética –es decir: “fantástica”- en la búsqueda del sentido inalienable de los hechos y las cosas. Especialmente cuando esos hechos y esas cosas han sido seleccionados por el artista a partir de la observación de la cualidad “documental” de la Historia, ya sea en su interpretación artística, política o de la unión sentimental y afectiva de ambos supuestos. Pero resulta interesante (quizás necesario) expresarlo de diversa manera: el motivo de inspiración de estas pinturas pertenece a una realidad dada –pongamos una fotografía, pero no siempre-, pero lo que Josep Tornero realiza a partir de ese documento es algo así como una transfiguración de lo que asumido y sedimentado por la Historia únicamente puede reinterpretarse haciendo uso, “pasolinianamente”, de una poesía de la vida y la experiencia. Es decir, la primitiva realidad iconográfica –la prosa de la existencia, para entendernos- se nos presenta ahora como una, valga el sinsentido, abstracción de lo reconocible, como una meditación abierta de lo identificable, como una idealización de una identidad susceptible de ser configurada y formalizada.

Las pinturas de Josep Tornero son representaciones abismadas en la violencia de su costosa y problemática significación. En todas y cada una de esas representaciones, y poco ha de importarnos el pequeño o gran tamaño de la tela en la que se desarrolla la acción, la pregunta esencial que asalta al espectador es la siguiente: ¿Cómo se manifiestan en toda representación lo asumible por inteligible, y aquello que amenaza esa inteligibilidad? Y añadimos: ¿Dónde situar en toda representación el oscuro código del deseo, o de la sensualidad perturbadora del deseo en su innegable ambición por ser “comprendido”, es decir: que el deseo sea “deseado”? Podríamos responder a estas cuestiones con una bella y melancólica frase de Artaud -“La vida es ese centro frágil e inquieto que las formas no alcanzan”-, con la que estoy plenamente de acuerdo, pero creo sinceramente que la obra de Josep Tornero, y esta magnífica exposición así lo demuestra, son imágenes que han sido formalizadas (“pintadas”) a partir de la poetización no tanto de una realidad documental (que también, por supuesto) como de una poética del inconsciente que abre al infinito la multiplicidad de sus significados. Otro excelente escritor italiano, Cesare Pavese, lo expresa mucho mejor con una sola frase. La encontramos en su imprescindible diario “El oficio de vivir”. Dice así: “Ningún pensamiento, por fugitivo, por inconfesable que sea, pasa por el mundo sin dejar huellas”.

 

La Gran – Madrid.

Del 15 de febrero hasta el 4 de abril 2020.